August 08, 2014 < Previous Entry | Next Entry >

"Somos reservistas israelíes. Nos negamos a servir".

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Carta firmada por 50 ex soldados israelíes que se niegan a formar parte de las reservas del ejército israelí en la ofensiva contra Gaza, publicada en el Washington Post. el 23 de julio de 2014.

Vea nuestra entrevista aquí, con dos de los reservistas que se han negado a servir.

Como soldados desempeñamos diferentes puestos en diferentes unidades del ejército de Israel, un hecho que ahora lamentamos, ya que durante nuestro servicio vimos que no son sólo las tropas que operan directamente en los territorios ocupados quienes ejecutan los mecanismos de control sobre las vidas palestinas. En realidad, todo el ejército está implicado. Por esa razón, ahora nos rehusamos a cumplir con nuestros deberes como reservistas y apoyamos a todos los que se rehusan cuando son llamados a servir.

El ejército de Israel, una parte fundamental de la vida de la gente israelí, también es el poder que somete a los palestinos que viven en los territorios que fueron ocupados en 1967. Su estructura actual funciona de tal manera que su lenguaje y modo de pensar nos controlan: dividimos el mundo entre buenos y malvados según categorías del ejército; el ejército es la autoridad principal para definir quién vale más o menos en la sociedad (quién tiene más responsabilidad por la ocupación, a quién se le permite expresar su resistencia contra ella y a quién no, y de qué maneras). El ejército juega un rol central en cada plan de acción y propuesta que se discute nacionalmente, lo que explica la ausencia de un verdadero debate sobre las resoluciones no militares a los conflictos en los que Israel está sumido con sus vecinos.

Los residentes palestinos de Cisjordania y de la Franja de Gaza están privados del ejercicio de sus derechos civiles y humanos. Viven bajo un sistema legal diferente del que rige para sus vecinos judíos. Esto no es exclusivamente responsabilidad de los soldados que operan en esos territorios. Esas tropas, por lo tanto, no son las únicas que deberían sentir el compromiso de rehusarse a servir. Muchos de nosotros nos hemos desempeñado en roles de apoyo logístico y administrativo, y desde allí, hemos visto que el ejército en su totalidad contribuye a implementar la opresión del pueblo palestino.

Muchos soldados que sirven en puestos que no son de combate no deciden rehusarse a servir porque creen que sus acciones, usualmente rutinarias y banales, son ajenas a los resultados violentos que generan las otras áreas. Y las acciones que no son banales —por ejemplo, decisiones sobre la vida o la muerte de palestinos que se toman en oficinas a varios kilómetros de distancia de Cisjordania— son confidenciales, por lo que es difícil tener un debate público sobre ellas. Desafortunadamente, cuando no nos rehusamos a cumplir con los deberes que nos fueron asignados, hemos contribuido también nosotros a las acciones violentas del ejército.

Durante nuestro tiempo en el ejército presenciamos (o participamos en) su comportamiento discriminatorio: la discriminación estructural contra las mujeres, que comienza con la selección inicial y la asignación de funciones; el acoso sexual, que ha sido una realidad cotidiana para algunas de nosotras; los centros de absorción de inmigrantes, que cuentan con la asistencia militar uniformada. Algunos de nosotros también vivimos de primera mano la práctica burocrática de situar deliberadamente a estudiantes técnicos en puestos técnicos, sin darles la oportunidad de servir en otros roles. Fuimos ubicados en cursos de entrenamiento con personas que se veían y hablaban como nosotros, en vez de dar lugar al ambiente de integración y socialización que el ejército afirma propiciar.

El ejército intenta presentarse como una institución que permite la movilidad social, como un trampolín de la sociedad israelí. En realidad, perpetúa la segregación. Creemos que no es accidental que aquellos que provienen de familias con ingresos medio-altos aterricen en unidades de inteligencia de élite, y que de ahí muchas veces se vayan a trabajar con altos sueldos para empresas de alta tecnología. Creemos que no es accidental que, cuando soldados de una unidad de mantenimiento de armas o de abastecimiento desertan o dejan el ejército, muchas veces impulsados por la necesidad de proveer financieramente para sus familias, son llamados “evasores”. El ejército consagra una imagen del “buen israelí”, que en realidad es alguien que obtiene sus poderes sometiendo a otras personas. El lugar central del ejército en la sociedad israelí y esta imagen ideal que crea, contribuyen conjuntamente a invisibilizar la cultura y las luchas de los grupos mizrajíes, etíopes, palestinos, rusos, drusos, ultra-ortodoxos, beduinos, y de las mujeres.

Todos participamos, de una u otra manera, en esta ideología y tomamos parte en el juego del “buen israelí” que le sirve lealmente al ejército. Más que nada, nuestro servicio sirvió para mejorar nuestra posición en universidades y en el mercado laboral. Hicimos contactos y nos beneficiamos del cálido abrazo del consenso israelí. Pero, por las razones expresadas más arriba, esos beneficios no valen la pena, por los costos que conllevan.

Por ley, algunos de nosotros todavía estamos registrados como parte de las fuerzas de reserva (otros hemos logrado conseguir exenciones, o las hemos obtenido después de terminar el servicio), y el ejército mantiene nuestros nombres y nuestra información personal, así como la habilitación legal para ordenarnos “servir”. Pero ya no participaremos, de ninguna manera.

Hay muchas razones por las que la gente se rehusa a servir en el ejército israelí. Incluso nosotros diferimos en nuestros antecedentes y motivaciones para escribir esta carta. Sin embargo, frente a los ataques contra quienes se oponen a la conscripción, apoyamos estos actos de resistencia: los estudiantes de secundaria que escribieron una carta declarando su negación a servir, los ultra ortodoxos que protestan contra la nueva ley de conscripción, los drusos que se rehusan a servir, y todos aquellos cuya conciencia, situación personal, o bienestar económico no les permite servir. Bajo el disfraz de la promoción de la igualdad, estas personas son forzadas a pagar el precio. Ya no más.

Para leer la carta en inglés haga clic aquí.

Traducido por Pablo Medina. Edición: Verónica Gelman, Clara Ibarra y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org.

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