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La sangrienta guerra civil en Sudán, entre el ejército nacional y el poderoso grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) está entrando en su cuarto año. Las FAR se rebelaron contra las Fuerzas Armadas Sudanesas al ver su poder político disminuido después del golpe militar de 2021. Este golpe militar derrocó la revolución democrática liderada por civiles que había destituido al dictador de Sudán Omar al-Bashir en 2019. Tanto las FAR como el ejército sudanés han sido acusados de cometer graves crímenes de guerra desde que comenzó el conflicto y las denuncias hablan de limpieza étnica, violencia sexual sistemática y tácticas de inanición ejercidas contra la población civil del país.
“No es casual que esta guerra se esté librando en los cuerpos de la población civil. No es un efecto colateral de los combates. Sino que eso es precisamente lo que se busca. Esta es una guerra de sucesión entre dos bandos que quieren heredar el Estado militar”, dice la analista política sudanesa Kholood Khair, “y para ello no solo luchan entre sí, sino que también buscan reducir lo máximo posible el fervor revolucionario y los llamamientos a establecer un Gobierno democrático civil en Sudán”. Khair añade que la guerra en expansión de Estados Unidos e Israel contra Irán amenaza con profundizar la crisis humanitaria en Sudán, país que está separado de Irán por la península Arábiga y el mar Rojo, ya que las interrupciones en las cadenas de suministro hacen que sea aún más difícil sostener la producción agrícola y porque hay oportunidades para la explotación de recursos que incentivan a otros países a intervenir indirectamente en el conflicto.
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