
Veinticinco años después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, mucha gente de la ciudad de Nueva York todavía está lidiando con complicados trastornos de salud relacionados con la exposición a la toxicidad del aire y los escombros en el área circundante a la zona cero.
“Tuvimos que cavar en el material derrumbado y usar rastrillos para esparcir los escombros a ver si encontrábamos restos humanos”, cuenta la bombera de la ciudad de Nueva York retirada Brenda Berkman. “Trabajábamos con equipos realmente pesados que, a medida que fue pasando el tiempo, recogían grandes cargas de escombros y los arrojaban, generando una nube. Eso se prolongó a lo largo de diez meses. Y al principio, el trabajo de descontaminación no fue para nada adecuado”.
“Al personal técnico de emergencias sanitarias se le dijo: 'Oh, no se van a enfermar. No son bomberos. Así que no se preocupen. Simplemente vuelvan a trabajar'”, dice Marianne Pizzitola, técnica en emergencias sanitarias de la ciudad de Nueva York retirada. “En los años inmediatamente posteriores, […] en nuestras reuniones de jubilados, comenzamos a ver diagnósticos que se repetían”.
La escritora y activista por la salud pública Lila Nordstrom relata cómo, tras los ataques, las familias y estudiantes de su escuela secundaria, Stuyvesant High School, también recibieron información engañosa por parte de las autoridades.
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