
El domingo 17 de mayo, miles de personas se congregaron en la Explanada Nacional, en Washington D.C., para asistir a un evento llamado “Rededicate 250”, un servicio evangélico cristiano que fue financiado con dinero de los contribuyentes y contó con el respaldo del presidente Trump. La actividad se extendió a lo largo de ocho horas e incluyó canciones, oraciones y discursos de altos funcionarios del Gobierno, como el secretario de Estado, Marco Rubio, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Además, participaron del evento líderes religiosos como el evangelista Franklin Graham y el cardenal Timothy Dolan.
“Lo que vimos ayer no tuvo nada de cristiano”, afirma el obispo William J. Barber II. “Es idolatría. Es herejía. Es una forma de nacionalismo religioso. Es un culto a Trump. Se está intentando convertir a alguien en una figura mesiánica”. Barber, presidente de la organización Repairers of the Breach y director fundador del Centro de Teología Pública y Políticas Públicas de la Universidad de Yale, participó en un contraevento realizado el mismo domingo, llamado “Redirect 250”.
“Esta es, realmente, una batalla por el alma de Estados Unidos”, plantea Sarah Posner, autora del libro “Unholy: How White Christian Nationalists Powered the Trump Presidency, and the Devastating Legacy They Left Behind” (Impío: el impulso del nacionalismo cristiano a la presidencia de Trump y su legado devastador). Posner añade que, en las últimas décadas, y particularmente con Trump como presidente, la Corte Suprema de Estados Unidos viene diluyendo la separación entre la Iglesia y el Estado. Además, señala que “los evangélicos llevan décadas impregnándose de la teología e ideología sionista cristiana, la cual, según su punto de vista, sostiene que Estados Unidos tiene el deber bíblico de defender a Israel y, en particular, de defender a Israel de una agresión, ya sea nuclear como de otro tipo, de Irán”.
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